El orgullo es algo con lo que todos deben lidiar. Es algo que naturalmente tiende a entrar en nuestra vida y quedarse. Como muchas otras cosas, es muy engañoso, porque el mundo en que vivimos lo acepta comúnmente. Hoy en día, la gente se enorgullece de estar orgullosa. Los estadounidenses se enorgullecen de su país, sus trabajos, sus hijos, sus jardines, sus equipos deportivos, sus vehículos, sus ambiciones, sus metas, su aspecto, sus amigos, sus hogares, y la lista podría continuar. Si lo pensamos, el hombre carnal se enorgullece de casi cualquier cosa. La gente se pone de pie y proclama que está orgullosa, y se jacta de sus grandes logros. La gente ve algo que alguien ha hecho y le dice a quien lo hizo: «¡Deberías estar orgulloso de ti mismo!»
Hay un problema: ¡Dios aborrece el orgullo! Dios realmente desprecia a los orgullosos. En Salmos dice que Dios cortará …la lengua que habla con arrogancia —Salmo 12:3. Y en Job dice que …mirará a todo soberbio y lo humillará [lo rebajará o lo hará descender] —Job 40:11. Salmo 40:4 dice que no tendrá en cuenta a los orgullosos, y en Salmo 119: Reprendiste a los soberbios, malditos, que se desvían de tus mandamientos —Salmo 119:21. En Proverbios leemos que El SEÑOR destruirá la casa de los soberbios… —Proverbios 15:25, y que Abominación es al SEÑOR todo altivo de corazón… —Proverbios 16:5. En Malaquías dice que …he aquí, viene el día que arderá como un horno; y todos los soberbios… —Malaquías 4:1. Finalmente, Santiago afirma que …Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes —Santiago 4:6.
Como podemos ver, la Biblia es muy clara con respecto al orgullo y a las personas orgullosas. No hay lugar para el orgullo en nuestro corazón ni en nuestra vida. Entonces, ¿qué hacemos con esto? ¿Somos orgullosos? ¿Nos jactamos como lo hace el mundo?
Quisiera llamar la atención sobre una forma oculta de orgullo que puede infiltrarse en nuestra vida, a veces sin que nos demos cuenta. La llamaremos falsa humildad. Si tenemos una falsa humildad, ¿no sería en realidad una forma de orgullo?
Veamos primero la Ley y la Gracia. Quien está bajo la ley no desea hacer lo que debe hacer, sino que lo hace por causa de la ley. Por ejemplo, la ley dice que no debemos matar, pero (según la ley) se nos permite enojarnos. Alguien puede odiar a otra persona e incluso desear matarla, pero si resiste la tentación de matarla, en efecto ha cumplido la ley. Muchas personas hoy que afirman ser cristianas en realidad están bajo la ley. Hacen todo lo que hacen por causa de una ley o de una orden de su autoridad. Podemos verlo claramente cuando la gente lleva la ley al límite y hace lo mínimo requerido, pero aun así la cumple técnicamente.
El cubrimiento de la cabeza es un buen ejemplo. Una mujer que desea cubrirse la cabeza por lo que enseña la Biblia, ciertamente se cubrirá la cabeza. No hace falta recordárselo ni reprenderla por hacerlo sin entusiasmo. Por otro lado, hay cristianas que se cubren la cabeza; sin embargo, el cubrimiento se hace cada vez más pequeño y menos visible. Algunas incluso lo colocan hasta atrás de la cabeza y lo tiñen del mismo color que su cabello, intentando que no lo note el público que va sin cubrirse. Esto revela claramente el corazón: simplemente están cumpliendo la ley.
Este tipo de pensamiento puede aplicarse a muchas cosas. Otro ejemplo sería el adorno. La Biblia dice que el adorno no debe ser exterior. Muchos cristianos no se adornan con cosas llamativas que atraigan la mirada; sin embargo, no hay normas sobre adornar las casas, los vehículos y cosas semejantes. Así que una persona sencilla, sin adornos, se baja de su vehículo adornado y entra en su casa muy adornada. Esto muestra dónde está el corazón: bajo la ley.
Ahora veamos la gracia. Es el poder de Dios en la vida de un ser humano. Hace que uno ame de verdad a sus enemigos y haga el bien a quienes lo maltratan. Hace que uno ame a Dios con todo su corazón y obedezca sus mandamientos por un amor apasionado hacia Él. La ley ya no es necesaria porque el corazón es nuevo; desea vivir para Dios. Cuando alguien te hace mal, no piensas en desquitarte. De hecho, ni siquiera te enojas. Eres una nueva criatura y, por este poder —la gracia de Dios—, amas a quien te ha hecho mal. Perdonar no es un problema; ayudar a los demás es algo natural. Ya no eres tuyo y deseas ser todo lo que puedas para tu Salvador, que murió por ti.
¿Qué tiene que ver esto con el orgullo o la humildad?
La Biblia dice que …la ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo —Juan 1:17. No necesitamos que el Espíritu de Dios actúe en nuestra vida para obedecer la ley: podemos hacerlo por nuestra cuenta. Por lo tanto, podemos enorgullecernos de hacer cosas para Dios porque NOSOTROS las hicimos. Cuando no dejamos que la ira se desborde al estar en desacuerdo con un vecino, pensamos bien de nosotros mismos y podemos enorgullecernos. Sin embargo, cuando de verdad amamos a nuestro vecino que tiene un problema con nosotros, no podemos enorgullecernos, porque fue la gracia; fue el poder de Dios lo que lo hizo posible, no nosotros. Por eso, nos maravillamos de Dios y de su abundante gracia.
Sería insensato que alguien se enorgulleciera de algo que claramente hizo Dios. Si Lázaro anduviera por ahí jactándose de sí mismo por haber sido resucitado de entre los muertos, la gente cuestionaría su cordura y diría: «¡Tú no hiciste nada! Jesús fue quien lo hizo todo».
No estoy tratando de decir que el cristiano no hace nada. No, debemos obedecer humildemente los mandamientos de Dios y andar en sus caminos. Sin embargo, digo que no podemos jactarnos de nosotros mismos, porque es Dios quien nos capacita para obedecer sus mandamientos.
Veamos la conocida historia de David y Goliat. David fue al campamento del ejército para llevar provisiones a sus hermanos, que estaban peleando allí. Al acercarse, se asombró de lo que vio: ¡un hombre enorme que desafiaba a su pueblo! David pareció algo sorprendido y afligido cuando preguntó: …¿quién es este filisteo incircunciso, para que desafíe a los ejércitos del Dios viviente? —1 Samuel 17:26.
¿Qué le dice Eliab, el hermano mayor de David? «Yo conozco tu orgullo».
Eliab pensó que la actitud de David era orgullosa, y podemos ver por qué. Un joven rubicundo que viene de cuidar ovejas se acerca y se pregunta por qué nadie se ocupa de ese hombre enorme. Suena un poco extraño. Pero ¿qué pensaba David? ¡Solo pensaba en lo que Dios podía hacer y, muy probablemente, quería hacer! Ni por un momento pensó que él mismo pudiera hacer algo en esa situación.
Luego lo llevan ante el rey Saúl: Y Saúl dijo a David: No podrás tú ir contra aquel filisteo, para pelear con él; porque tú eres muchacho, y él un hombre de guerra desde su juventud —1 Samuel 17:33.
David respondió: …Tu siervo cuidaba las ovejas de su padre, y vino un león, y un oso, y tomó un cordero del rebaño. Salí tras él, lo herí y libré al cordero de su boca; y cuando se levantó contra mí, lo agarré por la barba, lo herí y lo maté. Tu siervo mató tanto al león como al oso; y este filisteo incircunciso será como uno de ellos, porque ha desafiado a los ejércitos del Dios viviente —1 Samuel 17:34-36.
David muestra aquí una gran confianza, pero ¡¿por qué?! Además dijo David: El SEÑOR, que me libró de las garras del león y de las garras del oso, Él también me librará de la mano de este filisteo… —1 Samuel 17:37.
Está claro que su confianza se debe a que el Señor lucha por él. A David no le preocupaba ser «solo un muchacho» y no entendía por qué la gente lo cuestionaba. ¡Solo pensaba en lo que Dios iba a hacer! Sin embargo, Eliab vio la confianza de David como orgullo. Es posible que Dios no hubiera obrado en la vida de Eliab. Quizá no conocía el poder de Dios; por eso, a sus ojos, aquello parecía un orgullo insensato.
Y Saúl equipó a David con su armadura, y puso sobre su cabeza un casco de bronce; también lo equipó con una cota de malla. Y David se ciñó la espada sobre su armadura e intentó andar, pues no la había probado. Y dijo David a Saúl: No puedo ir con esto, porque no lo he probado. Y David se lo quitó —1 Samuel 17:38-39.
Así que David decidió no ponerse la armadura; solo habría sido un estorbo. En cambio, escogió unas piedras y salió corriendo a luchar contra el gigante. Por supuesto, el gigante tampoco lo entendía. Cuando …vio a David, le tuvo en poco; porque era muchacho… Y dijo el filisteo a David: ¿Soy yo perro, para que vengas a mí con palos? Y maldijo a David por sus dioses. Dijo luego el filisteo a David: Ven a mí, y daré tu carne a las aves del cielo y a las bestias del campo —1 Samuel 17:42-44.
Entonces David dijo: …Tú vienes a mí con espada, lanza y escudo; mas yo vengo a ti en el nombre del SEÑOR de los ejércitos, el Dios de los ejércitos de Israel, a quien tú has desafiado. El SEÑOR te entregará hoy en mi mano, y yo te heriré… para que toda la tierra sepa que hay un Dios en Israel —1 Samuel 17:45-46.
Fíjense entonces en lo que hizo David. Mató al gigante, le cortó la cabeza y llevó su cabeza de vuelta a Jerusalén. ¿Qué creen que pensó Eliab entonces? ¡Allí está el hermano menor marchando por las calles de Jerusalén con la cabeza del gigante derrotado! El rey Saúl manda llamar a David, y él va a ver a Saúl, todavía con la cabeza cortada en la mano.
¿Por qué David no estaba orgulloso? Porque sabía que no lo había hecho él mismo. ¡Dios había realizado una obra maravillosa! Él simplemente daba testimonio de la gracia de Dios.
Cuando hacemos una obra por nuestra cuenta, no podemos jactarnos de ella porque la hicimos nosotros. Sería orgullo, así que guardamos silencio y lo llamamos humildad, incluso si deseamos que otros lo vean. Sin embargo, cuando se trata de una obra sobrenatural de Dios, ¡ahora debemos jactarnos de lo que Dios ha hecho! Estamos llamados a hacerlo.
¿Está obrando Dios en tu vida? ¿No sabes si eres tú o Dios? Hazte esta pregunta: «¿Estoy haciendo cosas que también pueden hacer quienes no dependen de Dios?». Si no hacemos nada distinto del mundo, entonces Dios no está obrando en nuestra vida. Es así de sencillo. A nadie le gusta enojarse. Pasé la mayor parte de mi niñez y adolescencia asistiendo a clases de control de la ira, donde los consejeros intentaban enseñarnos a controlar nuestro enojo. El corazón no regenerado puede aprender a ocultar la ira, pero solo Dios puede cambiar el corazón. Nunca oí a un consejero enseñarnos a amar a las personas en vez de enojarnos con ellas, ¡porque es imposible! Es una obra que solo el Dios viviente puede hacer en la vida de una persona, y de esa obra debemos jactarnos. Damos testimonio del derramamiento de la gracia de Dios en nuestra vida. Cuando alguien cree que eso es orgullo, tal como lo hizo Eliab, es porque solo ve la obra de la Ley, donde todo se hace mediante los débiles esfuerzos del hombre.
Veamos un ejemplo que nos ayude a entender. Si decides construir una casa, todos los días te pones el cinturón de clavos y te pones a trabajar. Te lleva tiempo y esfuerzo, pero por fin la casa está terminada. Estás de pie delante de la casa recién construida con un amigo. «¡Vaya!», dice él, «¡Esta casa es hermosa! ¡Parece perfectamente construida!»
Se te sonrojan un poco las mejillas y empiezas a señalar los defectos que conoces: «No, no es perfecta, ¿ves aquello de allí? Me equivoqué con ese hastial… Y el revestimiento de allí… no está del todo recto». Hacemos esto porque queremos ser humildes. Si dijéramos: «Sí, es una casa hermosa; ¡hice un gran trabajo al construirla!», sería orgullo, ¿verdad?
Ahora bien, ¿qué pasaría si quisieras construir una casa y te dieras cuenta de que no puedes hacerlo, que necesitas la ayuda de Dios? Oras por ayuda y, ¡zas!, ¡la casa está construida! Ni siquiera te pusiste el cinturón de clavos; la casa apareció milagrosamente. Dios la construyó. ¿Cómo sería entonces la conversación con tu amigo? ¿Seguirías señalando todos los defectos? ¡NO! Te jactarías de su perfección y proclamarías con valentía lo que el Señor había hecho.
Cuando Dios obra en nuestra vida, no es orgullo contárselo a la gente. Hace falta humildad para decir que no lo hicimos nosotros, ¡sino que lo hizo Dios! Sin embargo, el diablo quiere que nos callemos y digamos que eso es humildad, como Eliab quería que hiciera David. ¡Hoy necesitamos hombres y mujeres que puedan proclamar con valentía lo que Dios está haciendo en su vida!
En cambio, parece que tenemos a muchas personas derrotadas que realmente creen que es piadoso hablar mal de nosotros mismos, actuar como si fuéramos pecadores derrotados que intentan abrirse paso con dificultad por esta existencia terrenal. «¡Levántate, oh hombre de Dios! ¡Deja atrás las cosas inferiores!»
Me doy cuenta de que alguien podría preguntar: «Entonces, ¿deberíamos andar jactándonos de lo justos que somos?». A esta pregunta responderé con otra imagen. Un pobre delincuente que solo ha conocido las calles de la ciudad como hogar, roba y asalta para poder salir adelante. Sabe que es una mala persona, pero no conoce otra cosa. Un día, Dios se revela a este hombre. En un callejón oscuro se arrepiente de su pecado y entrega su vida al Señor. Dios lo salva, lo transforma, lo convierte. ¡Sale de aquel callejón convertido en una persona nueva! ¡Tiene alegría en el corazón y paz en el alma!
¿Qué esperan que les cuente a sus amigos? «Mmm, el revestimiento de allí no está recto, las ventanas son demasiado pequeñas…».
¡NO, por supuesto que no! Más bien diría: «¡Soy perfecto! ¡Dios ha hecho una gran obra, mírenme! ¡He sido salvado por el poder de Dios! ¡Por la sangre de Jesús!». Todo esto mientras avanza dando saltos por el camino, en la hermosura de la santidad.


