El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende –Salmo 34:7.
“Cuéntanos una historia, abuela”, suplicaron dos niños ansiosos mientras se apiñaban alrededor de su mecedora.
“Vaya, vaya, a ustedes los niños les gusta escuchar historias, ¿no es así?” respondió la abuela, con un brillo en los ojos. “Muy bien, les contaré sobre una vez cuando tenía como ocho años, y mi hermana Lori tenía nueve.
Vivíamos en una granja vieja, al final de un camino junto a una carretera de tierra. Una mañana, mamá nos llamó de nuestro juego y dijo que se había acabado el azúcar. Nos pidió que fuéramos caminando a casa de la señora Brightbill para ver si tenía algo de azúcar para prestarnos. Verán, no teníamos teléfonos cuando yo era pequeña, así que no podía llamar a la vecina para pedirle. Los vecinos a menudo se ayudaban unos a otros porque tampoco íbamos de compras a la tienda con mucha frecuencia. Así que mamá nos dio un recipiente, y emprendimos nuestra larga caminata mientras mamá nos gritaba desde atrás recordándonos que no perdiéramos el tiempo por el camino.”
“¿Qué tan lejos estaba lo de los Brightbill?” preguntó Sharon.
“Oh, estaba como media milla hasta nuestro vecino más cercano, la casa de los Rhine, y luego como otra cuarta de milla hasta los Brightbill”, respondió la abuela.
“Oh, eso es lejos. Mamá no nos deja caminar por la carretera en absoluto”, añadió Micah.
“Estoy segura de que tienen razón”, concordó la abuela. “Y espero que nunca caminen por la carretera sin el permiso de sus padres. Pero las cosas eran muy distintas cuando yo era niña. También caminábamos todos los días a la escuela, que estaba bastante más lejos que la granja de los Brightbill. Así que el pequeño recado que estábamos haciendo esa mañana para mamá nos pareció divertido. Solo había un problema. La familia Rhine tenía un hombre mayor viviendo en su casa de verano. Se llamaba Pierce, y tenía un perro muy feroz; ¡al menos parecía muy feroz! Lo mantenían detrás de una cerca alta de alambre conectada a un cobertizo viejo.
Cada día cuando íbamos a la escuela, ese perro nos aterrorizaba con sus feroces ladridos y gruñidos. Pero mamá siempre nos recordaba que rezáramos y que recordáramos el versículo de la Biblia que dice: En el tiempo que tengo temor, yo en ti confío –Salmo 56:3. Aun así, pasábamos deprisa tan rápido como nuestras piernas nos lo permitían.
Lori y yo salimos contentas a hacer el recado para mamá. Saltábamos, viendo cómo el polvo se arremolinaba bajo nuestros pies en aquella cálida mañana de verano. Todo parecía inusualmente callado y sereno mientras pasábamos por la vaguada, cruzábamos el arroyo burbujeante y subíamos la empinada colina justo antes de la casa del vecino Rhine. Allí delante de nosotras estaba el cobertizo viejo, y al otro lado la cerca alta que encerraba al perro bravo de Pierce. Mi corazón empezó a latir con fuerza. ‘Quizá ese perro malo aún no nos ha visto’, pensé agradecida mientras me susurraba una vez más, ‘Confiaré y no tendré miedo’.
De repente, el aire se resquebrajó con los feroces ladridos de ese perro bravo cuando apareció dando un salto por la esquina del cobertizo. ¡Lori y yo nos quedamos paralizadas en el lugar! Mientras ese perro enfurecido corría hacia nosotras, Lori gritó. Al siguiente momento, me di cuenta de que se había caído y estaba sentada en medio del camino de tierra, con las manos apoyadas detrás de ella sobre la grava compactada, los pies y las piernas en el aire, pateando y pateando, dando vueltas y vueltas mientras ese perro enfurecido la rodeaba, saltando hacía ella y mordisqueando sus pies y piernas. Yo estaba tan asustada. Me quedé clavada en el sitio. No recuerdo si grité o si recé. Pero de pronto se oyó una voz. Era Pierce, con un látigo en la mano. Salió corriendo alrededor del cobertizo y apareció en la carretera. Azotó y azotó al perro hasta finalmente alejarlo de Lori y devolverlo dentro de la cerca donde debía estar, mientras Lori y yo permanecíamos allí, temblando y llorando de alivio.”
“¡Guau!” exclamó Sharon. “Eso debió de haber sido realmente espantoso, ¿no?”
“¿Pierce tuvo que deshacerse de su perro?” preguntó Micah.
“Sí, Sharon, fue muy aterrador”, respondió la abuela. “Y no, Micah, Pierce no se deshizo de su perro. Nosotras, las niñas, necesitábamos seguir confiando en el buen Señor para que nos protegiera cada día.”
“No recuerdo qué pasó después de que Pierce alejó al perro ese día, ni si conseguimos el azúcar de mamá, pero nunca olvidaré lo que ocurrió ese día.
Fue un milagro que Lori y yo no resultáramos heridas. Hay un versículo en los Salmos que dice: Sálvame de la boca del león… –Salmo 22:21. ¡Cuán agradecidas estuvimos de ser libradas de la boca del perro! Me gusta pensar que el ángel del Señor tenía su espada desenfundada frente a la boca de ese perro cada vez que se lanzaba sobre mi querida hermana.”



