Un versículo que siempre ha llamado mi atención, uno que me ha hecho estremecer, se encuentra en el capítulo siete de Mateo. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? –Mateo 7:22.
Jesús nos presenta la imagen de un gran grupo de personas de pie delante de Él en el Día del Juicio. Pensaban que habían vivido para Él. Eran personas talentosas: profetizaban, echaban fuera demonios y hacían muchas cosas maravillosas en el nombre de Jesús; parecían buenos cristianos. Sin embargo, en el versículo siguiente leemos que Jesús les dirá que nunca los conoció. Jesús incluso les dice que se aparten de Él. Los envía al infierno para siempre.
Recuerdo un suceso que me hace pensar en estos versículos. Hace años trabajaba para una empresa de viguetas de acero. Era un viernes por la mañana normal; trabajábamos duro, como se exigía de cada uno de nosotros. El jefe de línea salió y anunció que habría una reunión con toda la planta al terminar el turno. Todos nos preguntábamos de qué se trataría. Preguntamos por ahí, pero parecía que nadie lo sabía. Al terminar el turno, nos pusimos todos en un gran círculo y esperamos al jefe. Pronto entró en la sala acompañado de otro hombre. Era el gerente de toda la empresa. Antes de que entraran, todos conversábamos despreocupadamente; había risas y voces fuertes. El jefe llevaba una gran pila de sobres, y oí que corría el rumor de que eran cheques de bonificación. Todos parecían entusiasmados, menos el jefe.
Entonces el jefe empezó a hablar: «Los hemos estado observando muy de cerca durante las últimas cuatro semanas. Hemos estado evaluando su ética de trabajo, cuánto se esfuerzan y si llegan a tiempo. Hemos examinado muchos aspectos diferentes. Sus supervisores les entregarán a cada uno un sobre con su nombre. No abran esta carta hasta que hayan salido de las instalaciones. Cuando la abran, encontrarán algunas instrucciones. A la mayoría les dirá que regresen a trabajar el lunes a la hora habitual. Pero a 27 de ustedes les dirá que están despedidos. En cuanto a los incluidos en ese número, no nos gustó lo que vimos durante el período de evaluación, así que decidimos que debemos poner fin a su empleo aquí».
Se podía oír caer un alfiler. El miedo se veía en todos los rostros. Recuerdo que deseé haber trabajado más duro, haber participado más. Me arrepentí de haber dado mi trabajo por sentado. Fue una sensación terrible. Había trabajado allí durante años, pero ¿eso importaba?
A mí no me despidieron ese día, pero a otros 27 sí. Pensaban que habían hecho lo suficiente. Pensaban que estaban a salvo porque habían cumplido su tiempo. Pero se equivocaban, y ahora ya no se podía hacer nada. Todo había terminado.
¿Y nosotros? ¿Evaluamos nuestro andar con Dios a la luz de la eternidad? ¿Nos preguntamos qué ocurrirá el día del juicio? ¿Cómo podemos saberlo?
Jesús dice unos versículos antes que nos conoceremos unos a otros por nuestros frutos. La Palabra de Dios habla mucho del fruto. Sabemos qué clase de árbol es uno examinando su fruto. Cuando nos mudamos a Haití, no sabíamos qué clases de árboles había allí. Recuerdo que miraba un árbol grande en nuestra propiedad y me preguntaba de qué especie era. Entonces algo lo reveló: de sus ramas colgaban pequeños aguacates. En la iglesia de hoy, parece que la gente no quiere hablar de esto. Pero les aseguro que deberíamos hablar de ello antes de que sea demasiado tarde para siempre. Al mirar atrás, nos habría gustado hablar de esto en la fábrica antes de aquel día en que despidieron a algunos empleados.
Entonces, ¿cuál es el fruto de un cristiano? Sabemos que ser una buena persona y vestir de cierta manera no son factores determinantes de una vida piadosa. No lo son la iglesia a la que asistimos, la familia en la que nacimos, nuestra cultura ni el color de nuestra piel. Muchos estarían de acuerdo en que estas cosas no son lo que nos identifica como cristianos. Algunos podrían pensar que el fruto de un cristiano consiste en ser un ciudadano bueno, moralmente recto y afectuoso. Hay muchas personas que respetan la ley, son afectuosas y pacíficas, y atienden sus propias necesidades y las de los demás. Sin embargo, aun así es posible que hagan todas estas cosas buenas y terminen en el infierno.
Oímos al mundo (y a algunos en la iglesia) proclamar a gritos que lo único que importa es el corazón. Sabemos que dicen esto para justificar la falta de fruto visible. Aunque su exterior sea malo, quieren que la gente piense que su corazón es bueno y que eso es lo único que realmente importa.
Tienen razón al decir que el corazón es importante. No se puede cambiar ni arreglar nada simplemente adoptando una apariencia cuando el corazón sigue siendo egoísta y perverso. Sin embargo, se equivocan al decir que el corazón es bueno y el exterior malo. Eso es imposible. Jesús dice: ¡Fariseo ciego! Limpia primero lo de dentro del vaso y del plato, para que también lo de fuera quede limpio –Mateo 23:26.
No se puede tener un corazón limpio y una apariencia pecaminosa. Sin embargo, a la inversa, se puede tener una apariencia limpia y aun así un corazón impío. Entonces, ¿cómo podemos distinguirlo? ¿Cuál es este fruto del que habla Jesús?
Pronto hablaremos del fruto del Espíritu, pero primero quisiera hablar de otra cosa que creo que define a un cristiano: algo que puede separar a las ovejas de los lobos, aunque ambos parezcan iguales.
El deseo de servir a Jesús. Cuando Dios convierte el alma de una persona, esa persona es una nueva criatura y desea servir a Dios con todo su ser. No hace falta obligarla a hacer lo que agrada a Dios. Hoy se habla mucho en la iglesia de estructura y reglas; sin embargo, no siempre fue así. Entonces, ¿por qué es hoy un problema tan grande? Quizás haya personas inconversas en la iglesia. Tal vez la gente sea demasiado independiente y no quiera que le digan qué hacer. Se le puede decir a un miembro de la iglesia que vista con modestia, pero si su corazón no ha cambiado, surgirán problemas. Intentará ser tan mundano como pueda y, aun así, mantenerse dentro de la «ley» de la iglesia. O simplemente se negará a hacerlo, y pronto la iglesia cederá y dejará de exigir que su gente vista y viva con modestia. ¿Debería la iglesia tener que obligar a su gente a ser modesta? ¿Debería tener que obligarla a ser como Cristo? En absoluto. Cuando un alma ha sido redimida y transformada por la sangre de Cristo, esa persona, a su vez, por causa de su naturaleza cambiada, vivirá una vida de sacrificio por Él. ¡Obedecemos sus mandamientos con corazones agradecidos!
Porque este es el amor de Dios: que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos –1 Juan 5:3.
Un corazón que no ha sido renovado por el Espíritu de Dios no deseará fervientemente vivir para Dios. Se puede ir religiosamente a la iglesia; muchos incrédulos asisten con regularidad a los cultos. Se puede vestir y comportar correctamente, pero si el corazón no anhela las cosas de Dios, todo esto será inútil. Gran parte de lo que hacen busca recibir la alabanza de los hombres, no la gloria de Dios. No es de extrañar que muchas iglesias de hoy acepten el desviarse del camino.
Es hermoso ver a alguien que de verdad desea vivir para Dios. Desea buscar el rostro de su Creador, su Salvador. Vive para el Reino, para la hermandad. Obedecer a Dios y servirle es una necesidad; es lo único que realmente le importa. De verdad ha puesto todo sobre el altar. Ama leer la Palabra y pasar tiempo a solas con Dios. Sus deseos y su voluntad han sido sacrificados en el altar de su Dios.
Algunos me han dicho que debemos darle un poco de margen a un cristiano nuevo. «¿Margen para qué?», pregunto. ¿Margen para pecar… para vivir según la carne? En absoluto. Todos los ejemplos de la Biblia dicen lo contrario. Toda conversión produjo un cambio tremendo, una nueva criatura. Muchos confunden la «gracia para aprender y crecer» en la fe con una «excusa para pecar». Las Escrituras describen a los cristianos nuevos como niños recién nacidos y nos mandan a cada uno a desear, como niños recién nacidos, la leche espiritual pura, para que por ella crezcan: –1 Pedro 2:2. Así que los cristianos nuevos no necesitan espacio para seguir por un tiempo en sus caminos impíos, pero sí necesitan espacio para crecer …en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres –Lucas 2:52.
Cuando alguien viene declarando que se ha convertido, es fácil averiguarlo. Simplemente repasamos algunos pasajes que explican doctrinas prácticas y fundamentales, como la inconformidad con el mundo, la no resistencia y otras semejantes. Algunos reconocen que es la Palabra de Dios y la reciben con avidez. Muchos se quedan asombrados mientras les leo versículos como estos: pasajes de las Escrituras que nunca habían oído antes. Por lo general, simplemente creen lo que acaban de oír de la Palabra de Dios, y eso los transforma. Ese es un cristiano que quiere que le enseñen, que quiere ser discipulado. Suele venir con una actitud dispuesta a aprender, haciendo preguntas sobre lo que ha leído en la Palabra de Dios y no entiende.
Pero ¿qué pasa con tantos otros? Oyen los mismos pasajes y discuten; discuten con la Biblia y con la persona que comparte las Escrituras con ellos, pero, en última instancia, están discutiendo con Dios. Por lo general admitirán que eso es lo que dice la Biblia, pero quieren saber por qué lo dice. No quieren cambiar su vida por Dios. Sí, quieren ser cristianos, pero también quieren vivir como les dé la gana. No desean obedecer a Dios. Podemos seguir trabajando con ellos, pero está claro: su corazón anhela las cosas del mundo y los placeres de esta vida.
Imaginen conmigo a un hombre que vive hace 1.000 años. Está encerrado en un calabozo donde todo es negro como el carbón. Huele a humedad y apesta. Lo arrestaron por predicar el evangelio. Tiene los tobillos y las muñecas en carne viva y ensangrentados por las pesadas cadenas que lo mantienen atado en la diminuta celda. Es claustrofóbico, está agotado y exhausto. Tiene la espalda ensangrentada. Sus miembros doloridos han sido estirados hasta casi quebrarse. Habla con Dios, pero Dios no responde. Suplica que lo libre, pero no recibe respuesta. Recuerda su vida, su fe. Entonces se le ocurre el pensamiento temido: «Dios, ¿estás ahí? ¿Eres real?». Silencio. Su fe está siendo probada al extremo. Sabe que, si sigue aferrado a sus creencias, lo espera el fuego. ¿Por qué? ¿Por qué morir por un Dios que permite que pase por esta agonía? ¿Por qué morir por un Dios que no hablará? «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?»
Ahora imaginen a este hombre… ese eres tú.
¿De verdad creemos en Dios, un Dios que no se ve y a menudo no se oye? Si nuestra fe no existe, Dios tampoco existirá cuando realmente lo necesitemos.
Dios quiere que pongamos toda nuestra fe en Él, en todo momento. Andamos por fe, NO por vista… incluso cuando todo va bien. Cuando nos encontramos en momentos terribles, Dios sigue cerca, guiándonos y dándonos valor para seguir adelante. Estamos acostumbrados a confiar sencillamente en Él, en su palabra.
Porque si hacen estas cosas en el árbol verde, ¿qué no se hará en el seco? –Lucas 23:31.
Dios ama un corazón vuelto hacia Él, plenamente entregado y rendido. ¡Él recompensa a quienes lo buscan diligentemente!
¿Tenemos el fruto del Espíritu de Dios? ¿Nos comportamos como cristianos? ¿Parecemos cristianos?
Me pidieron que predicara en una iglesia grande en la que nunca había estado. Fui con mi familia y me senté mientras cientos de personas llenaban los asientos. Me sorprendió cómo vestía aquella gente. Había minifaldas cortas y blusas diminutas, mucha moda y estilo mundanos. Comenzó el servicio y pronto me di cuenta de que aquel no era un buen lugar para mi familia, así que los llevé a casa y regresé solo. Seguía sonando la música rock, y el baile estaba poniendo a prueba mis límites. Después de dos horas llegó el momento del mensaje. Me puse de pie y le dije a la multitud que yo era el nuevo presidente de Estados Unidos. El auditorio estalló en risas. Entonces les pregunté si me creían. «¡No!», gritaron. Les pregunté por qué no me creían, y respondieron con distintas razones. Uno gritó: «¡No pareces ni vistes como el presidente!». Otro dijo: «¡Si fueras el presidente, no estarías aquí!». Otro más dijo que no hablaba como el presidente. Les dije que no entendía. Les pregunté cómo podían decir que eran cristianos: ¡no parecían cristianos!, ¡no se comportaban como cristianos!, ¡no hablaban como cristianos! Sin embargo, ¡todos les creen!
Parece que juzgamos todo por su fruto, excepto a los cristianos. En el caso de los cristianos, se espera que juzguemos por lo que afirman. Este mundo piensa que basta con imaginar lo que Jesús quiere y luego agradarle de cualquier manera que cada uno elija. Sin embargo, la Biblia es clara: Por sus frutos los conocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego. Así que, por sus frutos los conocerán –Mateo 7:16-20.
La Biblia dice que …el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza… –Gálatas 5:22-23. ¿Son estas las cosas que la gente ve cuando nos mira a ti y a mí? Sé que es fácil justificar la falta de uno o más de estos frutos diciendo: «Estoy trabajando en ello» o «Estoy orando por ello». Jesús no dice que estos frutos sean algo que los cristianos deban esforzarse por alcanzar. Simplemente dice que estos son los frutos, o el producto, del Espíritu de Dios que mora en nosotros. Si perseguimos ambiciones mundanas o deseamos encajar en el mundo, no podemos esperar que este fruto se haga evidente en nuestra vida. Creo que este es el fruto de un hombre que sufre, de una persona que lo ha dado todo y desea entregarlo todo al Cordero que fue inmolado.
Todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego –Mateo 7:19.
Cuando damos todo de nosotros en algo, ya sea nuestro trabajo, nuestros estudios o la crianza de una familia, se siente bien; resulta gratificante. Lo mismo ocurre cuando servimos a Dios con todo nuestro ser. Se siente una gran satisfacción, una paz que sobrepasa todo entendimiento.



