Tú eres digno, oh Señor, de recibir la gloria, la honra y el poder: porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad son y fueron creadas –Apocalipsis 4:11.
Este himno, a menudo llamado el “Himno Nacional de la Cristiandad”, es quizás uno de los más grandes himnos de todos los tiempos. Fue escrito por Edward Perronet, apareciendo por primera vez en el número de noviembre de 1779 de Gospel Magazine. Fue editado por Augustus Toplady, quien también es autor de otro himno bien conocido, “Rock of Ages” (Roca de las Edades). El texto de este himno, «Todo el poder al nombre de Jesús», se ha traducido a casi todos los idiomas donde se conoce el cristianismo. Dondequiera que se canta, comunica a las necesidades espirituales del corazón humano. Un escritor ha dicho: “Mientras haya cristianos en la tierra, continuará cantándose; y después de eso, en el cielo.”
Edward Perronet nació en Sundridge, Kent, Inglaterra, en 1726. Era descendiente de una distinguida familia hugonote francesa que huyó a Suiza y más tarde a Inglaterra debido a la persecución religiosa en Francia. El padre de Edward, pastor en la Iglesia Estatal de Inglaterra, simpatizaba fuertemente con el movimiento evangélico encabezado por los hermanos Wesley y George Whitefield. Edward, también, como su padre, se convirtió en ministro de la Iglesia anglicana pero siempre fue crítico de sus modos. Una vez escribió: “Nací y es probable que muera en la vacilante comunión de la Iglesia de Inglaterra, pero desprecio sus tonterías.” Pronto, sin embargo, se separó de la Iglesia y se entregó enérgicamente a los esfuerzos evangelísticos de los Wesley durante las décadas de 1740 y 1750.
Charles Wesley escribe sobre la audacia de Edward Perronet al predicar. En una ocasión él y Perronet fueron embestidos en una casa por una turba de rudos vituperadores, a quienes Perronet se opuso valientemente, mientras lo insultaban y le arrojaban tierra. Fue durante esa época que los Wesley y sus seguidores sufrieron mucha persecución e incluso violencia por parte de quienes discrepaban con su ministerio. Sobre estas experiencias, Wesley anotó en su diario: “De Rockdale fuimos a Bolton, y pronto descubrimos que los leones de Rockdale eran corderos en comparación con los de Bolton.” Edward Perronet fue derribado y rodado en lodo y cieno. Se arrojaron piedras y se rompieron ventanas.
Se relata otra anécdota interesante sobre la relación entre los Wesley y Perronet. John Wesley quería escuchar a Perronet predicar, y éste, siendo 18 años menor que John, siempre se había negado a predicar en presencia del anciano clérigo. Así que, un día Wesley, viendo a Edward en la congregación, anunció que predicaría en el siguiente servicio. Deseando evitar un conflicto público con Wesley, Perronet subió al púlpito a la mañana siguiente, pero explicó rápidamente que nunca había consentido predicar. “Sin embargo,” añadió, “pronunciaré el sermón más grande que jamás se haya predicado en la tierra.” Luego leyó el Sermón del Monte y se sentó sin hacer comentario.
Después de ocho años de cooperación con los Wesley, la terquedad y el espíritu libre de Perronet causaron una división entre ellos, ya que no estuvo de acuerdo con algunas de sus regulaciones. Sin embargo, continuaron estimándose y amándose mutuamente.
Los últimos años de Perronet los pasó en Canterbury, donde fue pastor de una iglesia independiente, y donde murió en 1792, a la edad de sesenta y seis años. Sus últimas palabras también se han vuelto clásicas: “¡Gloria a Dios en la altura de Su divinidad! ¡Gloria a Dios en la profundidad de Su humanidad! ¡Gloria a Dios en Su suficiencia total! En Sus manos encomiendo mi espíritu.”
Aunque Perronet escribió muchos otros himnos y formas de poesía, ninguno de ellos ha alcanzado fama excepto el inmortal «Todo el poder al nombre de Jesús». El éxito de este texto, sin duda, se ha visto favorecido por tres excelentes melodías. “Coronation”, compuesta por Oliver Holden, un carpintero de Massachusetts, músico autodidacta y respetado maestro de escuelas de canto, es la más utilizada en América. “Miles Lane”, compuesta por William Shrubsole, amigo personal de Perronet, es la más popular en Gran Bretaña. Mientras que la festiva melodía “Diadem”, compuesta en 1838 para este texto por James Ellor, un laico inglés, se usa con frecuencia como número de coro. Este himno fue originalmente escrito bajo el título, “On the Resurrection” (Sobre la Resurrección), y constaba de ocho estrofas, como sigue:
Todo el poder al nombre de Jesús,
Que los ángeles prosternados caigan;
Traed la real diadema,
¡Para coronarle Señor de todo!
Que los serafines de alta cuna afinen la lira,
Y, al afinarla, caigan
Ante su rostro, que entona su coro,
¡Y coronadle Señor de todo!
Coronadle, oh estrellas matutinas de luz,
Que fijasteis esta esfera errante,
Ahora saludad la fuerza del poder de Israel,
¡Y coronadle Señor de todo!
Coronadle, oh mártires de vuestro Dios,
Que desde su altar llamáis;
Ensalzad el tronco de la vara de Isaí,
¡Y coronadle Señor de todo!
Oh simiente de la raza escogida de Israel,
Oh redimidos de la caída,
Saludadle, quien os salva por su gracia,
¡Y coronadle Señor de todo!
Saludadle, herederos de la línea de David,
A quien David llamó Señor;
El Dios encarnado, Hombre divino,
¡Y coronadle Señor de todo!
Pecadores, cuyo amor no puede olvidar jamás
La hiel y el ajenjo,
Id a esparcir vuestros trofeos a sus pies,
¡Y coronadle Señor de todo!
Que cada tribu y cada lengua
que la creación llamó,
Ahora clamen en canción universal,
¡Al Señor coronado de todo!
Como figura ahora en nuestros himnarios, el himno está abreviado y modificado, y una estrofa fue añadida por el famoso recopilador de himnos, el reverendo John Rippon, en 1787.
¡Oh, que con la sagrada multitud de allá
En sus pies podamos caer;
Nos uniremos a la canción eterna,
¡Y coronarle Señor de todo!
Al concluir esta asombrosa historia de la vida de Edward Perronet y de los otros que han tenido parte en traernos este himno inmortal, veamos para terminar el efecto que este himno ha tenido sobre paganos que no sabían nada acerca de Jesús. La historia más famosa relacionada con el gran himno de Perronet se cuenta del misionero a la India, el reverendo E.P. Scott. Un día vio en la calle a un hombre de aspecto tan extraño que preguntó por él y supo que pertenecía a una tribu montañesa salvaje entre la cual nunca se había predicado a Cristo. El señor Scott oró sobre el asunto y decidió visitar a esa tribu. En cuanto llegó a su hogar en la montaña, cayó entre una banda de feroces tribales asesinos que estaban en una expedición de guerra, y que se acercaban a él con sus lanzas. Lo apresaron y le apuntaron las lanzas al corazón. Al instante el misionero sacó el violín que siempre llevaba consigo y comenzó a tocar y cantar en la lengua nativa, “¡Todo el poder al nombre de Jesús!” Cerró los ojos, esperando la muerte en cualquier momento. Cuando llegó a la cuarta estrofa, y no había ocurrido nada, abrió los ojos y quedó asombrado al ver que las lanzas habían caído de las manos de los salvajes, ¡y grandes lágrimas llenaban sus ojos! Invitaron al señor Scott a sus hogares, y pasó los años restantes de su vida predicando y ministrando el amor y la redención de Dios a estas personas. Dios, en su providencia, usó un himno simple como medio para introducir el evangelio a un grupo de paganos necesitados.
Referencias:
A Treasury of Hymn Stories
101 Hymn stories
“Coronation” Tune -Oliver Holden 1765-1844
“Miles Lane” Tune -William Shrubsole, 1760-1806
“Diadem” Tune -James Elliot, 1838
“Let Us Crown Him” Tune -James McGranahan 1840-1907



