Es invierno ya; la nieve caída
ha dejado los cielos fríos y claros;
por ramas sin hojas sopla el viento agudo,
y toda la tierra yace muerta y sombría.
Y sin embargo el amor de Dios no se retira;
su vida en el aire cortante respira;
su belleza pinta la aurora encarnada,
y viste cada rama con guirnaldas brillantes.
Y aunque afuera soplen los vientos agudos,
y los cielos estén fríos, y las heladas severas,
el hogar ahora cierra más su círculo,
y más cálida resplandece su luz interior.
Oh Dios, das el frío del invierno,
así como los gozosos rayos del verano,
nos envuelves con calor en tu amor,
y nos sostienes durante los días invernales de la vida.



