Antes oraba por el sol,
por cielos sin tormentas.
Por brisas frescas y flores
que alegraran y atrajeran mi mirada.
Antes oraba por la felicidad,
por sonrisas, alegría y paz.
Que todo fuera fácil
y cesaran todas las cosas duras.
Antes oraba por alguien
con quien caminar por esta vida.
Amar, reír y atesorar,
y disipar todo conflicto.
Antes oraba para que siempre
fueran claros los caminos de la vida.
Que ninguna circunstancia indeseada
volviera triste la existencia.
Pero aquellas oraciones parecían quedar sin respuesta,
pues la vida no transcurría así.
Las tormentas llegaron sin invitación,
y las lluvias intensas oscurecieron muchos días.
No se veían las flores,
el viento cortaba y azotaba.
No encontraba paz a mi alrededor;
en cambio, retumbaban los truenos.
No encontré a nadie que caminara conmigo;
sola, recorrí caminos difíciles.
Se desvanecieron los sueños de tranquilidad,
y mi alma clamó, anhelando un hogar.
Entonces, una voz profunda habló dentro de mí:
«Has estado buscando las cosas que puedes ver.
Las verdaderas oraciones de tu corazón pueden ser respondidas
si tan solo diriges la mirada hacia Mí.
He oído tus necesidades y deseos;
tus oraciones no quedaron sin ser oídas.
Pero vi que tu corazón necesitaba algo diferente
de lo que habría preferido la comodidad.
Orabas por cielos despejados y sol,
por brisas frescas y flores al comenzar el día.
Pero vi que solo esas cosas no te darían
la verdadera paz que buscabas en tu corazón.
Dispuse los caminos difíciles que has recorrido,
no para decepcionarte, sino para purificarte.
Pues sabía que la verdadera felicidad comienza solo
en el corazón que se une a Mí».
Entonces caí a los pies de mi Maestro
y me sometí a Su voluntad y a Su plan.
Ya no exigía lo que yo quería,
sino que confiaba en que Él terminaría lo que había comenzado.
No mucho después, descubrí que era feliz;
ninguna nube podía prevalecer en mi corazón.
Aunque mis circunstancias parecieran agobiantes,
ninguna tormenta exterior podía apagar mi sol interior.
Las frescas brisas del dulce descanso en Él
calmaron todas mis preocupaciones y temores.
Y siempre las flores de Sus promesas
eran visibles cuando la vida me hacía llorar.
También descubrí que ya no caminaba sola;
¡el Buen Pastor estaba a mi lado!
Con Él podía compartir mis alegrías y tristezas,
y, en medio de cualquier batalla, podía refugiarme en Él.
Así que ahora, en vez de orar
por las comodidades terrenales,
doy gracias al Señor por enviar cosas
que me hicieron caer de rodillas.
En cambio, oro por humildad,
para que me guíe durante el día.
Oro por tener ojos para servir y compartir las bendiciones
que el Señor pone en mi camino.
Oro para que mi corazón se someta
al toque de la mano del Maestro,
permitiendo que Su voluntad me transforme
por medio de todo lo que Él ha dispuesto.
Pues he descubierto que la verdadera felicidad
no consiste en una vida apacible y perfecta,
sino que se encuentra cuando estamos arraigados en Cristo,
sin dejarnos mover por el fuego ni el conflicto.
Si Él gobierna nuestro ser más íntimo,
nada de lo que esté fuera podrá perturbarnos.
Pues Él es el Fundamento sólido
y la verdadera fuente de la Vida Verdadera, sublime.
