«¿Podrías acompañarme a visitar a mi hermana y a su esposo?», le preguntó un amigo a mi esposo. «Están teniendo serios problemas matrimoniales. Mi cuñado vio cómo está obrando Dios en nuestro matrimonio y me preguntó cómo había sucedido. ¿Puedes contarles cómo Dios también podría cambiar su matrimonio?»
Al anochecer, mi esposo y yo esperamos con nuestro amigo afuera de la casa de su hermana. Media hora más tarde, una destartalada camioneta roja llegó traqueteando y se detuvo con una sacudida. Un hombre obeso, con la ropa cubierta de grasa y una sonrisa permanente, salió con esfuerzo del asiento del conductor, mientras su bonita esposa, vestida a la moda, saltó del asiento del pasajero.
«¡Pasen! ¡Pasen!», nos invitaron, guiándonos hacia la escalera que conducía a sus habitaciones.
«Perdonen el desorden», se disculpó la esposa, quitando ropa de los sofás para que pudiéramos sentarnos. La habitación estaba amueblada con mucho esmero, pero sucia. Una gruesa capa de polvo cubría la parte superior del televisor de pantalla grande, las mesitas… todo.
«Señor, danos sabiduría», imploré en silencio mientras nos sentábamos frente a la pareja. ¿Cómo podríamos conectar con personas que apenas conocíamos y que no tenían a Dios en sus vidas?
El esposo habló. Su esposa le había fallado terriblemente y le había sido infiel muchas veces. En ese momento se estaba reuniendo con un nuevo novio, un joven al que había conocido en la calle. «Pero te perdonaré todo eso», prometió el esposo, «si estás dispuesta a empezar de nuevo, ser mi esposa y ser madre de nuestros hijos. Sé que has fallado, pero todos fallamos. Empecemos de nuevo, querida».
La esposa permaneció sentada en un silencio pétreo. Nuestro amigo habló, rogándoles a su hermana y a su cuñado que se reconciliaran. Mi esposo habló de Dios y de su plan para el matrimonio, instándolos a acudir a Él.
Finalmente, la esposa abrió la boca. De ella brotaron la amargura, los reproches y viejos rencores. «Nunca me demuestras que te importo. Nunca me compras nada. ¿Por qué habría de seguir tratando de complacerte?»
El esposo se sumó a la pelea. Ambos hablaban al mismo tiempo, sin parar, cada vez más fuerte.
Nos sentamos con el corazón abatido, escuchando, orando, pensando. Traté de imaginar cómo debía sentirse la esposa. Era bonita y joven. ¿Por qué quedarse en casa limpiando, cocinando y lavando la ropa para un hombre corpulento que pasaba los días inclinado sobre motores grasientos y metido debajo de autos sucios? ¿Por qué, si podía divertirse en la calle con un joven atractivo que la hacía sentir tan, tan especial?
Finalmente, a la pareja se le acabaron las fuerzas. Nos quedamos sentados en un triste silencio. «Lo siento», dijo finalmente mi esposo, «pero no podemos ayudarlos. El único que puede ayudarlos es Dios. Y si no quieren su ayuda, no hay esperanza para su matrimonio».
«Sí, de verdad debería ir a la iglesia», murmuró el esposo.
«Ja, ja», se burló la esposa. «¡Ya veremos si te haces menonita!» Nos levantamos y nos estrechamos la mano, prometimos orar por ellos y nos fuimos.
Después de que nos fuimos esa noche, la pareja siguió intercambiando palabras duras. Sus dos hijos aparecieron en escena y, poniéndose del lado de su padre, echaron a su madre de la casa.
Desde muy lejos llegó un sonido de música… ¿y qué más? Cantos. Gritos de alegría. Una esposa abrió de par en par la persiana de una ventana que daba a la calle, se asomó y miró hacia el camino. Ah, sí, hoy es el día en que mi esposo fue a traer a casa el Arca del Pacto. Pero ¿por qué hacen tanto alboroto?
La procesión entró bailando en la ciudad, cantando, gritando y tocando las trompetas. David bailaba con todas sus fuerzas, con el corazón rebosante de agradecimiento a Dios. Después de angustiosos años huyendo de Saúl, Dios lo había establecido como rey. Y ahora, por fin, el Arca del Señor regresaba a su lugar legítimo… ¡Alabado sea Dios!
Mientras David avanzaba por la calle dando saltos y gritando, su esposa lo miraba desde su puesto en la ventana, con el rostro torvamente fruncido. Mira cómo le vuela la túnica mientras baila. ¿No tiene vergüenza?! Y esos gritos… ¡qué manera de comportarse para un rey! ¿No le importa lo que piensen los demás?
David regresó a casa varias horas después —cansado, pero feliz— para bendecir a los suyos. Había sido un buen día. Podría contarle todo a su esposa, Mical, durante la cena.
Pero ella se le adelantó. [«Vaya, ¡qué glorioso te portaste hoy!»] fueron sus frías palabras. David debió de parecer confundido. [«Quiero decir, ¡dando saltos así delante de las muchachas, igual que un tipo vanidoso de la calle!»]
David debió de sentirse herido. [«Lo hacía para el Señor, para aquel que me eligió como rey en vez de a tu padre»].
Me imagino a Mical haciendo una mueca. ¡Ay! [«¿Por qué tienes que echarme eso en cara?»]
[«Sé que no me tienes en mucha estima»,]* continuó David, [«pero esas muchachas que mencionaste sí me estiman»].
Pienso en aquella mujer descarriada del pueblo, a quien sus hijos echaron de casa, y me pregunto quién cuidará de ella dentro de cuarenta años, cuando su hermoso rostro esté arrugado y su espalda encorvada.
Me imagino la solitaria vejez de Mical. El relato termina diciendo que no tuvo hijos hasta el día de su muerte. Dudo que su esposo, el rey, se molestara en visitarla alguna vez. ¿Por qué iba a hacerlo? Recibía honores de sobra de los demás. También me pregunto si la deshonra de Mical y el distanciamiento entre ellos debilitaron al rey David. Varios capítulos más adelante se cuenta que sus ojos se fijaron en la esposa de un vecino y del pecado que resultó de ello.
Todas las esposas sienten la tentación de deshonrar a sus esposos. Sentimos esa tentación tanto si nuestro esposo es rey o mecánico, piadoso o impío.
Cada día decido honrar o deshonrar al esposo que Dios me dio. Puedo caminar a su lado con entusiasmo y apoyarlo, o asomarme por la ventana, observándolo con desprecio en el corazón. Puedo centrarme en lo que hace bien y elogiarlo, o quejarme de lo que hace mal. Mi elección determina que recibamos favor o lo perdamos en reciprocidad. Mi elección afecta no solo a mi esposo y a mí, sino también a una nube de testigos… mis hijos, mis hermanas en Cristo y mis vecinos.
«Y la esposa respete a su esposo».
(Efesios 5:33b)
* Así lo dice la Biblia en español; la idea queda más clara que en la traducción al inglés.


