A veces mi corazón está apesadumbrado,
Cargado de temores y preocupaciones.
Entonces mi Señor me llama,
«Ven, hijo mío, yo llevaré tu carga».
A veces mi mente se inunda de preguntas,
Las respuestas parecen esquivas y desconcertantes.
Entonces levanto los ojos hacia mi Dios,
Y me aferro a su amor, que me cubre.
A veces siento que quiero rendirme,
El camino ante mí parece largo y difícil.
Pero pienso en el camino de mi Pastor:
Fue por mí que quedó herido.
A veces mi mente está nublada,
Tropiezo a cada paso que doy.
Sin embargo, desde la niebla oigo un susurro:
«Eres mío, confía en mí; abriré un camino».
A veces mis circunstancias me parecen
Duras e injustas.
Pero entonces mi Padre susurra:
«Amado mío, no desesperes».
A veces me siento completamente solo,
La angustia interior me ahoga y me quema.
El Maestro dice: «Elegido mío,
Solo yo puedo satisfacer aquello que anhela tu corazón.
A veces tengo los ojos llenos de lágrimas
Y siento que el corazón está a punto de estallar.
Entonces mi Salvador me recuerda:
Él recorrió este camino antes que yo.
A veces me preocupo y me pregunto
Cómo podrán salir bien las cosas.
Sin embargo, permanece la promesa: todo resulta para bien
De quien se deleita en Dios.
A veces el futuro parece aterrador,
No se parece en nada a lo que había esperado.
Aun así, fijo la mirada en su propósito final,
Sabiendo que es mejor que aquello que yo había buscado.
A veces siento que me he quedado atrás,
Mientras la vida de los demás sigue tan libremente.
Pero confiaré en los planes de mi Padre
Y esperaré con ilusión su júbilo eterno.
A veces me descubro soñando
Con el futuro que me espera en el cielo.
¡Oh, qué dicha será
Oír esas palabras: «Bien hecho»!



