Saludos de amor cristiano a todos. Este último año y medio ha sido desafiante de una u otra manera para la mayoría de las personas. Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Pero tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna –Santiago 1:2-4.
Confiamos en que, sin importar lo que cada uno de ustedes haya enfrentado, su motivación interior resuene con las palabras del apóstol Pablo: … he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece. –Filipenses 4:11-13.
Como ya estamos casi a mitad de otro año, me detengo a considerar cómo el tiempo sigue desapareciendo a una velocidad cada vez mayor. Para muchos, los últimos 16 a 18 meses han sido bastante desafiantes, pues la pandemia de COVID-19 y sus consecuencias continúan causando estragos en todo lo que antes se consideraba normal. Para nosotros, algunas de estas consecuencias nos han impedido publicar este número de la revista a tiempo. Les pedimos disculpas. Sin embargo, las cosas han vuelto a encaminarse para que podamos publicar el próximo número dentro de los próximos meses, lo que nos permitirá volver a nuestro calendario habitual.
Veo la pandemia y las consecuencias que ha tenido como algo muy parecido a un gran atasco de tráfico. Al principio, muchos vehículos avanzan sin problemas, todos a la velocidad permitida. Poco a poco se incorporan más y más vehículos al flujo, hasta que la autopista se congestiona bastante. Sin embargo, el tráfico sigue avanzando sin obstáculos hasta que, de pronto, un vehículo frena bruscamente y se desvía para evitar unos escombros en la calzada. Inmediatamente se produce un efecto dominó, pues cada vehículo frena para evitar chocar contra el que va delante y acaba de frenar. He visto que este tipo de situación provoca un tráfico intermitente durante una milla o más, mientras el tránsito avanza a paso de tortuga; luego, una vez que cada vehículo finalmente pasa el objeto que causó el problema, puede volver a acelerar hasta alcanzar su velocidad anterior.
Al parecer, lo mismo ha sucedido con las economías de nuestro mundo, tanto a nivel local como mundial, aunque a una escala muchísimo mayor. Primero llegaron los cierres, tanto locales como nacionales, que hicieron que las empresas perdieran producción y ventas. Luego, cuando las empresas volvieron a abrir y sus trabajadores empezaron a enfermarse, se perdió aún más producción. De repente, muchos fabricantes se encontraron con reservas de inventario insuficientes, y después quedaron rezagados en su capacidad para satisfacer la demanda. Como tantas empresas de nuestro mundo han desarrollado el comercio a escala mundial, hay muchos productos que no están disponibles para la venta mientras los fabricantes esperan que la «empresa del extranjero» vuelva a tener suficiente suministro para satisfacer la demanda mundial. Otro problema que ha surgido más recientemente es que, debido al gran desequilibrio entre la oferta y la demanda a nivel mundial, el costo de compra de muchos productos se ha disparado, lo que ha despertado entre algunos economistas el temor a una crisis mundial causada por la inflación.
¿En qué situación queda la iglesia? Parece que el «enemigo de nuestras almas» ha usado este acontecimiento mundial para hacer que las iglesias de todas partes luchen en muchos aspectos. Tengo en mi estantería un libro titulado Conscience in Crisis, sobre la historia de la iglesia. Este libro examina específicamente las luchas de las iglesias de «paz» en la América colonial. Uno de los puntos clave en los que se centra el libro es que los acontecimientos mundiales de aquella época sacudieron los mismos cimientos de su fe y práctica. Esto hizo que la conciencia colectiva de las iglesias enfrentara una crisis sin precedentes, de la que muchos nunca se recuperaron. Algunos abandonaron la fe, algunos dejaron de ir a la iglesia, algunos se alejaron de su iglesia y empezaron a asistir a iglesias más mundanas. Y los que permanecieron lucharon considerablemente con muchos problemas hasta que, una vez más, se los consideró estables.
Nuestra perspectiva importa
Cuando pienso en la palabra perspectiva, la definición que uso es: una actitud particular hacia algo, o una manera particular de considerarlo; un punto de vista. Es como la graduación de los anteojos que tenemos delante de los ojos, que hace que veamos las cosas de forma distorsionada o con una visión nítida de 20/20. O es como usar un filtro en la computadora o en el motor del vehículo, que solo deja pasar aquello que se ha determinado de antemano que debe permitirse.
Así pues, nuestra perspectiva es semejante a usar un filtro o un par de anteojos. Nuestra perspectiva está determinada por muchas cosas: la manera en que nos educaron de niños, los modelos a seguir que elegimos durante nuestros años de formación, el material de lectura que absorbimos, los mentores espirituales a quienes abrimos el corazón y los compañeros a quienes acogimos a lo largo de la vida. Además, nuestra perspectiva determina cómo vemos las situaciones, cómo nos relacionamos con Dios, cómo vemos el pecado y la salvación, y cómo respondemos tanto a los amigos como a los enemigos.
En el mundo actual hay muchas perspectivas que compiten por nuestra lealtad. Son muchos los grupos de «intereses especiales» que claman por nuestro apoyo a su causa. Hay discriminación racial en ambos lados del asunto. Hay voces que gritan «¡falta!» en sus esfuerzos por obtener apoyo y ventaja frente a sus oponentes en lo referente al derecho al voto, la honestidad de los resultados electorales y los cambios legislativos deseados para el sistema judicial y la Constitución. Aunque siempre ha habido varios lados en cada asunto, por lo general se ha procurado trabajar juntos por el bien de todos. Sin embargo, en los últimos años parece que numerosos asuntos se han vuelto muy divisivos, hasta el punto de polarizar a la gente en dos bandos. El equilibrio de poder en el gobierno ha ido oscilando de un lado al otro. Esta polarización ha hecho que aumenten la amargura y la ira, y en algunos casos ha estallado en violencia y vandalismo. En otros casos, ha hecho que personas normalmente sensatas pierdan la calma y tomen decisiones impulsivas y reactivas, totalmente impropias de ellas.
En medio de todo este caos y confusión, ¿cuál es nuestra perspectiva como iglesia? ¿Seguimos firmes y permitimos que Dios y su Palabra moldeen y formen nuestra perspectiva para que esté alineada con la suya? ¿O hemos permitido que la presión de un grupo de compañeros u otro empiece a desviarnos de nuestro caminar como extranjeros y peregrinos?
He oído informes de que, en otras partes del mundo, los gobiernos locales presionan a algunas iglesias para que no se reúnan para tener comunión y celebrar el culto colectivo. Hay familias cuya conciencia las lleva a obedecer al gobierno usando mascarillas y manteniendo el distanciamiento social a largo plazo. Algunas personas se han desanimado. Algunas familias han quedado aisladas. Y las iglesias han luchado con un problema tras otro en sus esfuerzos por mantener la paz entre los hermanos.
En mis conversaciones con personas que no suelen asistir a la iglesia, o que asisten a una iglesia «moribunda», «de personas mayores» o «pequeña y rural», he oído muchos testimonios sobre las iglesias de orientación anabaptista conservadora. Estas personas se asombran de cómo nos ayudamos unos a otros, tanto habitualmente como cuando ocurre una tragedia. No alcanzan a comprender el gran tamaño de nuestras bodas y, especialmente, de nuestros funerales. No entienden cómo nuestros hijos son de carácter apacible y respetuosos con los demás.
Prestemos atención y actuemos con sabiduría mientras seguimos enfrentando los desafíos que vendrán. Desde mi limitada perspectiva, creo que el uso prolongado de mascarillas y el distanciamiento social, cuando se practican a costa del culto habitual tal como entendemos que enseñan las Escrituras, terminarán teniendo un efecto dominó negativo en nosotros como creyentes.
Hace muchos años, cuando participaba en el aprendizaje del «modelo de consejería», se decía que era bastante problemático y perjudicial para las relaciones interpersonales SI alguien llevaba puesta una «máscara» (en sentido figurado). Al evaluar y considerar el efecto a largo plazo de que una persona lleve puesta una «máscara» (literalmente), creo que CAUSARÁ tanto o más daño a las relaciones interpersonales. Hay algo especial en visitar a hermanos y hermanas en la fe cuando se les puede ver la cara completa. Sin siquiera darnos cuenta, leemos el lenguaje corporal y las expresiones faciales, lo cual ayuda a comprender y transmitir ideas al comunicarnos unos con otros. Por eso, en mi opinión personal, el uso prolongado de mascarillas y el distanciamiento social por parte de una congregación local terminarán debilitando el nivel de vida y fervor espiritual, hasta el punto de que algún día esa congregación ya no se distinguirá de todos los demás cristianos nominales que la rodean.
Que Dios bendiga a cada uno. Que no abandonemos la lucha espiritual. Que mantengamos siempre los ojos fijos en nuestro Padre, nuestro Salvador y nuestro hogar eterno.
Curvin L Wenger


